2010-11-20

"O ser humano é uma casa de hóspedes..."

Sin embargo, no existe error más grande que el de resistirse a lo que es. Porque, a pesar de todas nuestras resistencias, lo que es, es.
 
Pero si el yo lo ha etiquetado como “negativo”, no le queda otra alternativa que rebelarse contra él, entrando en un funcionamiento agotador y, en último término, autodestructivo.
 
Esto no significa afirmar la resignación, la pasividad o la indiferencia. No; significa, sencillamente, reconocer lo que es y darle la bienvenida.
A continuación, cuando, gracias a la aceptación, nos hayamos reconciliado con la realidad, brotará de nosotros la acción adecuada.
 
Esa es la actitud del sabio quien, más que etiquetar lo que le ocurre como “agradable” o “desagradable”, recibe todo como una oportunidad para aprender. Reconoce que todo lo que llega a nosotros es lo que necesitamos. Y si alguien le preguntara: ¿cómo lo sabes?, ¿cuál es la prueba de que es así?, su respuesta es invariable: “porque llega”.
 
Pero una tal actitud es impensable para el yo, que busca sólo lo que, en su corta visión, entiende como “beneficio” inmediato…, para quedar pronto frustrado. El yo se califica a sí mismo por los adjetivos: “yo soy esto…, yo soy aquello…”. Por eso, es incapaz de tolerar que “esto” o “aquello” se vean alterados. Sin embargo, la ley de la vida nos dice que esa alteración no sólo es inevitable, sino que ocurrirá muy pronto, debido a la ley de la impermanencia.
 
El sabio, por el contrario, que ha trascendido su identidad egoica, percibe su identidad como el “Yo Soy” universal, sin adjetivos que la delimiten; a salvo, por tanto, de cualquier cosa que pueda suceder.
 
Establecido en ese “Yo Soy”, atemporal e ilimitado, se ve no-separado de todo lo que es, como Presencia ecuánime e inalterable; como Vida que se despliega en infinitas y variadas formas. Quien se percibe así, sabe que, en nuestra identidad más profunda, somos Vida. Por eso, como Jesús, puede afirmar con toda certeza: “Hoy tendrás vida”.
 
Del mismo modo, para que la palabra de Jesús nos “alcance”, necesitamos abrirnos a ese mismo “lugar” donde él estaba, a nuestra identidad más honda, allí donde también nosotros nos reconocemos como Presencia y Vida, aquí y ahora. Sólo situados ahí, percibiremos que se modifica nuestra perspectiva, así como nuestra visión de las cosas y de nosotros mismos.
 
Y como no estaremos ya preocupados de vivir para el yo –eso equivale a “perder la vida”, decía el propio Jesús-, podremos acoger todo como oportunidad de crecimiento en conciencia de quienes somos. Veremos que, en la vida, no hay amigos o enemigos, sino sólo maestros.
 
Porque la vida no está interesada en nuestro “bienestar”, el bienestar del yo -¿quién nos hizo creer eso?-, sino en que aprendamos lo que necesitamos para, por fin, reconocernos en quienes somos.
 
Y quizás podamos empezar a hacer nuestras las sabias palabras de Rumi, el gran místico sufí del siglo XIII:
 
 “El ser humano es una casa de huéspedes.
Cada mañana un nuevo recién llegado.
Una alegría, una tristeza, una maldad,
que viene como un visitante inesperado.
¡Dales la bienvenida y recibe a todos!
Aun si son un coro de penurias que vacían tu casa violentamente.
Trata a cada huésped honorablemente,
él puede estar creándote el espacio para una nueva delicia.
El pensamiento oscuro, la vergüenza, la malicia,
recíbelos en la puerta sonriendo
e invítalos a entrar.
Agradece a quien quiera que venga,
porque cada uno ha sido enviado
como un guía del más allá”.


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