Viene a decir esto: Muchas culturas le
dedicaron un verdadero culto al Sol, creían que el sol era un ser
divino. Construyeron templos y elaboraron diversas teologías sobre la
divinidad del Sol.
Los antiguos hebreos pensaban que todo eso era idolatría y necedad,
propia de la ignorancia de aquellos pueblos. Con el paradigma que les
proporcionaba el libro del Génesis, pensaron que el Sol no es un ser
divino, no es más que un astro creado en el cuarto día. (Gen. 1,14-19)
La humanidad ha sufrido lo que se llama cambios de paradigmas, que
son las referencias culturales para entender la realidad. El Sol fue
divino, luego se desacralizó. El sol sigue siendo el mismo antes y
ahora, pero somos nosotros quienes hemos cambiado nuestra manera de
percibirlo, sobre todo con el desarrollo de la Astronomía, y la
invención del telescopio. Vivimos en otro paradigma.
Partiendo de esa analogía quizás nos pase algo parecido con la idea
que hemos tenido de Dios y habría que concebirlo de otra manera, más
acorde a nuestro paradigma cultural.
Los autores bíblicos no describieron a Dios, sino que relataron sus
experiencias con él utilizando las referencias lingüísticas y
culturales que tenían a mano, sus “paradigmas” culturales evolutivos: la
referencia del pastor, del guerrero, del señor…
Los ateos atacan imágenes de Dios que resultan inverosímiles para los
tiempos de hoy, mientras que hay creyentes que defienden esas imágenes
como sagradas e intocables. Pero es lógico y necesario que, como
consecuencia del desarrollo evolutivo de las culturas, debamos
actualizar, reinterpretar nuestra experiencia de Dios, con imágenes y
palabras que tengan sentido hoy en nuestro contexto occidental.
Si una imagen de Dios queda obsoleta, ¿significa que no hay Dios?
Más bien significa que deberíamos repensar nuestras representaciones y nuestro discurso.
II.- Una noche yo tuve un extraño sueño, una
pesadilla kafkiana: era como una guerra confusa, entre dos bandos, pero
yo estaba allí en medio, sin saber a qué bando pertenecía, ni para qué
luchaba. Por la mañana lo tenía ya claro: El sueño estaba provocado por
todos los recuerdos y vivencias contrapuestos y expresaba en lenguaje
onírico-simbólico mi necesidad de reseleccionar de entre la amalgama de
tantos pensamientos, atávicos y actuales, los que consideraba “puros”,
autentificadores y originales, respondiendo a una pregunta que me he
venido haciendo otra vez al hilo de nuestras reflexiones: ¿Qué
interiorizo y retengo de todos aquellos años pasados de reclusión
conventual en ese otro planeta que yo ahora contemplo en la distancia
(como el asteroide de El Principito), y sueño a veces, casi con
nostalgia, pero ya desde tan lejos?
Después del largo recorrido por “los caminos de la fe”, desde un
sutil escepticismo de fondo (entendido en su etimología, por la que
“sceptikos” significa buscador, que no es el que no cree en nada, sino
el inconformista que no se conforma con lo que encuentra, o le cuentan,
porque siempre espera el hallazgo de algo mejor, más completo y más
convincente) he llegado a la conclusión de que ya he derrotado, vencido y
desechado para siempre una concepción de Dios que no alcanzo a
comprender, ni quiero reconocer: un dios (así, con minúsculas) que
condena implacablemente a sus “hijos” a “penas eternas”; a ese “dios”
que los persigue, los amenaza, los aterroriza, se venga de ellos “de
generación en generación” ; que los castiga con “plagas” y enfermedades,
con desgracias familiares, muertes repentinas, y con “un infierno
eterno de fuegos inextinguibles”; o que los soborna con promesas
beatíficas. Un dios identificado históricamente con el poder, con la
fuerza, con las soberanías de los privilegiados; que corona a los
príncipes, bendice las guerras, justifica las torturas “si son contra
los impíos”; que accede a separar a los esposos aplicándoles el
“privilegio paulino” (si uno de ellos no es católico, para que pueda
vivir con otro que lo es, “en la armonía de su fe”); que hace inflexible
a las madres frente al “pecado” de sus hijos, “preferirían verlos
muertos”…. Nada de esto, en lo que hemos apacentado durante tanto tiempo
la interpretación de nuestra vocación y nuestra existencia, tiene que
ver con el auténtico testimonio de Jesús de Nazaret que nos subyugó
desde niños, sino que son reminiscencias infiltradas de religiones
paganas y de paradigmas obsoletos.
No puedo menos que valorar la religión como un componente
indesligable de nuestra historia, y como la fuerza impulsiva de casi
todas las grandes realizaciones de nuestra cultura. Pero me niego a que
nadie más maneje nuestra vida desde ideologías, anatemas, excomuniones o
penas eternas; ni que autoridades humanas representantes de presuntas
divinidades, nos la limiten en su expansión natural, ni la desplacen en
su realización de cada presente con el soborno de futuros premios
extraterrenales, ni que nos amenacen ya más, ni nos atemoricen, ni
embauquen con promesas de felicidades o castigos desde un “más allá” del
que ellos se consideran portavoces iluminados.
De mi sueño interpreto que rechazo un paradigma de religión como
dictadura, igual que rechazo la dictadura política o la de las modas.
Que no creo ya en una religión con el paradigma de mandato-sumisión (al
“Señor”), suplantadora de la auténtica religión de inspiración-elevación
en libertad: una religión como motivo, como motor de vida y de
esperanzas, que es lo que significa la palabra “Evangelio”, y no como
norma coercitiva para culpabilizar, atormentar las conciencias y encoger
los espíritus.
Lo que pienso y siento de Dios lo puedo resumir, después de todo este
tiempo de búsqueda y reflexión, en esta sencilla formula: “El Dios en
el que creo, y al que yo amo, habita escondido en el interior de quien
lo quiere encontrar, sin ninguna ambición de poder, medro y lucimiento,
más que la de habitar en ese lugar sagrado de la más profunda,
cordial, libre e inviolable intimidad”. Allí es donde lo encuentro,
inspirándome los sentimientos más genuinos de amor, belleza y
trascendencia, cordializado en valores que inspiran mi vida: la
mansedumbre -tal como la enseñó Jesús de Nazaret- frente a la violencia;
el amor como solidaridad, como disponibilidad, como ternura, como
benevolencia, como misericordia activa; la pureza y genuinidad de las
intenciones, que es lo que entiendo por verdad; la justicia; la
gratuidad de mi entrega; la esperanza entre todas las incógnitas
existenciales; la fe en la raíz de bondad y fecundidad del corazón
humano; el empeño por ser mejor cada día y por ayudar a serlo; la
alegría imbatible… Ese Dios, fuente de valores, me inspira a pensar
sobre los hechos o errores humanos, míos o de los demás, adhiriéndome,
en principio, al dicho “piensa bien y acertarás”, y eligiendo en
principio la explicación psicológica antes que sancionar moralmente a
nadie.
Posicionado en este paradigma, deseo vivir “lo que me quede del día”,
en la paz y bajo el sol (ocasionalmente también bajo la melancolía de
la lluvia) y conforme con mi propia ética (la autorregulación axiológica
de mis intenciones), reafirmándome en mi esfuerzo por ser consecuente
con esos valores transmateriales que me justifican, y que inspiran los
motivos de mi vida, y como legado existencial tras mi paso por ella.
Y acepto un pensamiento leído hace ya tiempo: que para progresar “hay
que saber abrirse camino entre la duda, la incertidumbre, la
provisionalidad y el relativismo”’. Y lo asocio con aquella frase, que
tanto me penetró hace años, de la película famosa de Ingmar Bergman El séptimo sello,
que comentábamos en los cine-fórums de entonces. Le decía la Muerte al
Caballero medieval: “La Fe es un gran sufrimiento. Es como hablar con
alguien que está afuera, en las tinieblas…”.
Ojalá que desde las ruinas de nuestros viejos edificios mentales,
avancemos en vuelo gozoso hacia el encuentro con nosotros mismos, y
vayamos descubriendo y perfilando, entre tantos significantes
culturales, el significado que le otorgue plenitud y sentido a nuestro
existencia. Quien se compromete con la fe sabe que siempre va a sentirse
envuelto y acuciado por las sombras de la duda.
He recordado, lo que cuento en mi libro “A corazón abierto”
sobre mi primer viaje fuera de España, en mayo del 68: cuando visité en
la Alsacia un pueblo que había sido derruido hasta sus cimientos en la
segunda guerra mundial, y que ya reconstruido quedaron, como monumento
para el recuerdo y la esperanza, los restos de un muro antiguo sobre el
que se había esculpido un nido, con una cigüeña levantando el vuelo. Me
explicaron que sobre ese resto de muro, lo único que había quedado en
pie después del terrible bombardeo, una cigüeña, al amanecer del día
siguiente, había construido su nido…
Es símbolo admirable de la fuerza renovadora de la vida y de la
esperanza, con la que tantas personas bienintencionadas y creyentes
hemos recomenzado nuestra andadura vital “Sin camino” (como es el título de la impresionante novela de Castillo Puche).
Y para echar a andar los cristianos tenemos un camino, que es Jesús
de Nazaret (“Yo soy el camino, la Verdad y la Vida”), Él nos enseño un
programa para vivir a Dios y experimentarlo, sea cual sea el paradigma
interpretativo: las bienaventuranzas. Los cristianos vivimos a Dios en
el legado de Jesús, con todo lo que significa en valores y en actitudes
vitales.
Pero quiero señalar que Jesús “hablaba con parábolas”. Jesús de
Nazareth nació y vivió dentro de un sistema socio-histórico y cultural
determinado, y para hablar de Dios usaba los referentes y los paradigmas
que le permitían ser entendido por sus oyentes. Así cuando se refería a
Dios empleaba los nombres de Juez, de Padre…, de él mismo decía que
era la Vid o el Pastor o el Pan o el Camino… Eran metáforas adaptados a
la mentalidad de su época, y validas tal vez para la comprensión humana
de todos los tiempos. Pero no confundamos la substancialidad de su
mensaje de amor y de esperanza con la accidentalidad de los paradigmas y
de las metáforas, más o menos adaptadas a las diferentes culturas,
etapas y paradigmas.. No nos pase como “al necio que se queda mirando el
dedo del sabio cuando éste señala al cielo”…
III.- Conozco a personas que se sienten nostálgicas
de “los días de la inocencia”, nostálgicas de ese Dios Padre Bueno que
nos enseñaron de niño, hecho a nuestra imagen y semejanza (pero mucho
más bueno y además todopoderoso), que tanta tranquilidad nos
proporcionaba. Sabíamos que todo lo bueno que nos pasaba era porque
habíamos sido buenos, y que si éramos bueno, el Dios, Padre bueno, nos
concedería todos nuestros deseos, y si algo no salía según tus deseos
tenía que ser porque habrías sido malo (desobedeciste a tus padres, o
estudiabas poco, o te tocabas la colita) pero con las tres avemarías de
la penitencia todo se arreglaba y volvíamos a estar esperanzados con las
cosas buenas que nos iban a pasar y con las buenas sorpresas que nos
traerían ese año los Reyes Magos…
Desde que dejamos de ser niños (todavía lo somos siempre un poco y
seguimos deseando que vengan, cualquier noche, los Reyes Magos) nos
dimos cuenta de que no son siempre los más buenos a quienes les pasan
las cosas mejores, ni los más malos los que padecen tan terribles
desgracias. ¡Incluso los pobres niños inocentes! Y hemos querido buscar
a Dios para pedirle cuentas, o para que nos lo explique por lo menos
¡Caramba!, y no lo encontramos por ninguna parte… Le gritamos, nos
desesperamos, buscamos y rebuscamos, nos obsesionamos incluso… ¿Dónde
demonios se esconde ese que era un Padre tan bueno, tan buen amigo.. ( a
nuestra imagen y semejanza, pero mucho mas bueno y, además,
todopoderoso), ¿Por qué permite tanto mal en este mundo donde Él, tan
“paternalmente”, nos ha instalado? ¿por qué no arregla esto?… Y en el
fondo esperamos todavía y confíamos en que alguien nos pueda dar una
explicación tranquilizadora, o una anestesia para tanta indignación.
Y piensan que todo fue un “fraude”. ¿Por qué nos metieron ese Dios en
la cabeza? Eso es lo que les duele ahora a tantas personas
decepcionadas de la religión de su infancia y juventud. Siempre igual:
con cordeles de buenos sentimientos se aprovecha nuestra “buena fé” para
engavillarnos y formar estructuras de poder, sobre las que siempre se
sienta un chaman, un santón, un papa…un líder poderoso y dominador. Esa
mentira es la gran decepción que he escuchado expresar dolorosamente a
tantas personas, desde mi “confesionario” terapéutico.
Decepcionados pero sin renunciar a eso a lo que, según dicen (y es
verdad) tienen derecho: a usar su razón, y consecuentemente, su
rebeldía y tu crítica. Y es que tienen visto y comprobado, con solo
mirar a su alrededor, que los únicos que permanecen tranquilos y
conformes son los que han renunciado a usar la razón, y la crítica y el
derecho a rebelarse… Y yo les comprendo y se me encoge el estómago ante
ese desgarro tan sincero y doliente con el que se expresan. Y les doy
la razón. Yo también miro todo esto tal vez con el mismo dolor, aunque
sin el sentimiento de desengaño y sin buscar a un Dios (a nuestra imagen
y semejanza) para echarle la culpa.
Por eso, después de comprenderlos y de darle la razón a su denuncia,
les preguntaría ¿También piensas que fue un “fraude” que nos hablaran,
cuando éramos niños, de los Reyes Magos…? ¿No era más bien un modo de
hablarles a los niños con un lenguaje analógico y simbólico, adaptable
a la capacidad comprensiva de su desarrollo evolutivo? La humanidad
también, igual que los niños, está en permanente desarrollo evolutivo, y
lo que era adaptado para la comprensión “de lo incomprensible” en una
etapa anterior, quizás rechine y sea decepcionante en la etapa
posterior… Ahora que la humanidad ha crecido algo, nos corresponde
saberlo y reconocerlo y denunciarlo, para después tomarse el esfuerzo
de buscar nuevos paradigmas que, de algún modo, nos sirva para
comprender lo incomprensible, y para adoptar las posturas adaptadas a
los actuales conocimientos.
IV.- Quizás porque el desengaño me vino hace más
tiempo (aunque me sigo emocionando con los Reyes Magos porque siento el
cariño que han puesto “los míos” en darme alguna sorpresilla…) , usando
mi razón, dejé de pensar ya en un Dios a nuestra hechura y conveniencia:
ni padre, ni amigo, como no le llamo padre ni amigo al sol que me
calienta, y a otros les quema y les achicharra, ni al aire con que
respiro, aunque otros hayan muerto asfixiados.
La Vida y su fehaciente misterio nos trasciende, nos envuelve, es
infinita, sin principio ni fin (¿Dios? En ella “estamos, nos movemos y
somos”). Nosotros “participamos” y no llegamos a conocer lo que podemos
hacer cada uno. Sabemos el leve aleteo de una mariposa puede
desencadenar tempestades en alguna lejana parte del mundo..
Y quizás descubrimos que Dios no es otra cosa que todas nuestras
manos unidas y levantadas, amasadas con nuestro sentimiento y nuestros
deseos. Que no es tan omnipotente ni tan distante, que está en nuestras
manos…
Reconozco que en algún modo era “más cómodo y hasta más alegre”
echar la culpa de todo lo malo que pasa en el mundo a ese “Alguien” que
está lejos, por encima de las nubes, en un Olimpo impasible,
eternamente sosegado…
V.- Para mi limitado pensar, Dios es la misma la Vida, Energía
Primaria y creadora, de la que cada uno participamos (somos dioses),
pero Vida que nos trasciende, que existe desde siempre, que no ha tenido
principio ni tendrá fin nunca, cuando nosotros no estemos. “Yo soy la
vida”, dijo Jesús.
La Vida, que es Energía Primaria, sigue su curso, como los ríos, por
los cauces que nosotros (dioses subalternos) le vamos dando. Lo bueno o
lo malo lo hacemos nosotros, sin que tengamos que echarle la culpa a
nadie más que se esconde detrás de las estrellas….
Nosotros no tenemos a la Vida. Es la Vida quien nos tiene a nosotros, y nos mantiene (en ella somos, nos movemos y existimos) hasta el día que dejemos de ser y de existir como personas, y sigamos existiendo, eternamente, como la Vida.
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